Fábula de un dios solitario

La última vez que viajé a través del tiempo estuve en un lugar a muchos siglos de distancia en el futuro. Ya había visitado muchos mundos posibles buscando el mío, pero ninguno de ellos había sido tan extraordinario como el último.

Desde aquel primer viaje sólo pensaba en la forma de volver, pero el brazalete que me había sacado involuntariamente de mi tiempo y espacio me había estado enviando aleatoriamente hacia tiempos cada vez más distantes.

Aparecí en un valle rodeado por unas suaves colinas y montañas de un intenso verde vivo. No había árboles ni arbustos, sólo una extraña vegetación que había colonizado el valle; era una planta rastrera de hojas finas y suculentas, llena de filamentos, tan espesa que no se podía ver el terreno debajo.

Caminé sin rumbo durante varias horas, subí por la ladera de un elevado monte con la intensión de encontrar algún punto de referencia, un lugar a donde ir o al menos un camino. Mientras subía escuché un crujido monstruoso como de algún ser viviente, lo busqué con la mirada pero no pude dar con la fuente del sonido. Parecía estar hablando en una lengua extraña.

―¿Qué pasa? ―grité asustado.

¿Qué pasa? ―respondió la criatura emulando mi voz.

De pronto, el suelo comenzó a temblar y una mezcla de tierra y hierba empezó a amontonarse frente a mí formando una figura de la cual salieron extremidades hasta que finalmente tomó aspecto humano. Medía casi un metro más que yo. Se quedó viéndome unos segundos en silencio; yo caí de rodillas al suelo por el pavor.

―Intruso.

―¿Qué está pasando?

―¿De dónde vienes?

―No lo sé, de algún lugar en el tiempo.

―¿Viajero del tiempo? ―se inclinó hacia mí― ¿Cuántas veces tuvimos esta conversación para convencerme de que no te mate?

―Es la primera vez que vengo, lo juro. Ni siquiera sé dónde estoy. La máquina funciona por sí misma, no la puedo controlar…

―¿Explícate? ―se sentó frente a mí mostrándose más amigable que al principio.

―Un anciano la llevaba. Yo escalaba una montaña en la Cordillera de los Andes. Se me apareció, balbuceó algunas cosas en otro idioma y se tiró al vacío. Bajé para buscarlo y eso es todo. El hombre estaba muerto, me puse el brazalete y ya no pude regresar.

―Está bien ―hizo un breve silencio, miró en dirección a la cima del monte y se puso de pie―, te creo; vamos, quiero mostrarte algo.

Lo seguí hasta la cumbre, había una pequeña ciudad amurallada en cuya puerta estaban unas “personas” que se comportaban de manera aislada, como si no se dieran cuenta que yo estaba ahí. Cada uno se dedicaba a realizar trabajos individuales. Uno de ellos, en la entrada, hacía una escultura que emergía de la tierra tal como la reciente aparición; parecía que la hacía mentalmente, la escultura se armaba sola, desaparecía y el artista realizaba otra totalmente diferente en cuestión de segundos. Habían otros más que colocaban piedras sobre el muro y dentro de la ciudad había miles que hacían todo tipo de labores.

―Esta es mi gente; como verás son muy creativos, nunca paran de trabajar.

Frené antes de entrar y le pregunté otra vez quién era. Me miró a los ojos y esta vez su voz no provino de su boca sino de los montes, como si todo mi entorno hablara al mismo tiempo:

―Soy el planeta Tierra.

Luego de la voz, el suelo volvió a temblar, esta vez con mucha más violencia. Uno de los montes contiguos comenzó a tomar forma de hombre; su cabeza llegaba hasta las nubes. Yo estaba aterrado, comencé a correr y me oculté detrás de unas rocas; la voz volvió a hablarme:

―Es imposible esconderse, ¿no te dije que soy el planeta Tierra?

―No entiendo, ¿dónde estoy? ―me ahogaba en mi propio llanto mientras pedía explicación―, ¿qué es esto?

―Podría decirse que estás en el futuro; a miles de años después de mi intervención. Ahora todo me pertenece, todo soy yo ―otra vez con su forma normal frente a mí me tomó del brazo―Pensé que había destruido todas esas máquinas; veo que aún hay viajeros por ahí.

―Pero, ¿qué sucedió en la Tierra?

―Digamos que un experimento genético que se salió de control… o más bien que lo tomó por la fuerza. Todo comenzó en un tubo de ensayo; una simple célula con la capacidad de crecer, multiplicarse sin límites y pensar por sí misma. Los científicos que la crearon, la habían desechado una noche pensando que no habían conseguido nada, pero descubrieron todo lo contrario al siguiente día cuando vieron su reacción con la materia orgánica de la bolsa de basura. Entonces la llamaron “Parásito”. Se dieron cuenta de que se reproducía con velocidad y que podía asimilar cualquier cosa que tuviera vida. Comenzaron a tenerle miedo; quisieron controlarlo pero no lo consiguieron, intentaron exterminarlo, pero no lo lograron. Después, el parásito se introdujo en la tierra. En pocos meses llegó a las aguas y así a los ríos y los mares. Varios años después emergió y devoró todo; tardó sólo unos cincuenta años en engullir toda la materia de este planeta.

―Destruiste todo.

―No, sólo lo transformé en algo mejor.

―¿Vas a matarme?

―Ya estarías muerto; tengo otros planes en este momento…

―Pero ¿de qué podría servirte?

―Podrías vivir en este lugar y hacer lo que te de la gana junto a mis pobladores.

―¿Quiénes son?

―Yo los hice, a cada uno de ellos y les di capacidades y labores.

―Pero no piensan por sí mismos, ¿verdad? ―todo el ruido de la ciudad frenó de repente, la criatura y los pobladores fijaron la mirada en mí― Ahora entiendo… estás sólo.

―¡Todo en este planeta me pertenece, todo vive gracias a mí y cumple mi voluntad! ¡No hace falta nada más que yo!

―Pero nadie lo puede ver, nadie te dará las gracias por las cosas que hagas, ni te temerá, ni reconocerá tu poder; por eso no vas a matarme.

Debajo mío se abrió el suelo y me hundí hasta la cintura.

―¡Basta, por favor! ―traté de zafarme pero era imposible; sentía una presión muy fuerte en las piernas.

Otra vez empecé a llorar, creí que me iba a cortar en dos, pero finalmente me soltó. Estaba totalmente atemorizado. Salí del pozo y me tiré al suelo, pero me paré enseguida temiendo que volviera a tragarme.

―¿Por qué? ―me quedé llorando de pie―, ¿por qué tenías que matar a todos?

―No lo sé ―su voz volvía a ser pacífica―; supongo que porque era muy fácil.

Después de estas palabras él desapareció y el terreno alrededor mío se fue allanando lentamente hasta quedar totalmente plano. Al caer la noche  me encontré caminando sin rumbo por un camino imaginario, no había nada en ninguna dirección. Tenía miedo de usar la máquina y que abriera un agujero que me mandara aún más lejos en el tiempo pero ya no habían más opciones.

―Puedo ayudarte ―otra vez la voz que no vino de ningún lugar específico.

―¿De qué forma? ―dije mirando al cielo.

Luego el estaba al lado mío.

―Dame ―me pidió el brazalete del tiempo y se puso a observarlo.

―¿Podrás mandarme a casa, a mi tiempo?

―Sí, pero voy a necesitar un favor.

―¿Cuál?

―Destrúyeme.

―Pero, tal vez haya otra solución.

―No, no la hay; yo ya pensé en todo.

―¿Cómo podría hacerlo?

―Voy a enviarte al laboratorio donde todo comenzó. Llegarás a la noche que me descartaron; busca en la bolsa; un poco de fuego bastará. El dispositivo quedará configurado para que el próximo viaje sea de regreso a tu tiempo.

No hubo más palabras. Abrió un agujero del tiempo y me dio el dispositivo. Cuando pasé al otro lado todavía podía ver su figura erguida mientras el túnel se cerraba lentamente.

Recuperé al “Parásito” sin mayores problemas tal como me había dicho, el próximo agujero me devolvió finalmente a mi tiempo, al llegar destruí el brazalete sin titubear. Ya han pasado muchos años desde mi regreso, pero nunca pude completar la misión encomendada; aún no sé qué hacer con él. Me asombra que aquella extraña forma de vida que controló todo en un posible futuro ahora esté en mis manos, encerrada en un pequeño tubo de ensayo.

 

.

 


 

Fábula de un dios solitario, de Sebastián Colotto se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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