Dos en un bar

Elena es una mujer delgada, que usa un vestido blanco floreado y el pelo recogido; está sentada a la mesa de un bar y hace tintinear suavemente la cucharita en el borde de su taza. Cruza las piernas y mira por la ventana como si mirase el infinito, hasta que aparece Ricardo que abre la puerta con el codo y entra algo atolondrado. Es alto y robusto, un hombre de unos cincuenta años con un ramo de flores en una mano y un portafolio gastado en la otra. Elena lo mira por encima de sus anteojos sin decir nada, él la busca sin moverse de la puerta hasta que logra verla y se acerca; se para frente a ella y se queda inmóvil. Elena se acomoda los lentes con el índice y rompe el silencio:

―Ricardo son las nueve y media, ¿dónde estuviste?… ¿No vas a decir nada?

―Te traje flores.

―Sí Ricardo, las estoy viendo ¿Se puede saber para qué me citaste?

―Elena…

―¿Qué, Ricardo? en quince minutos entro a la Biblioteca, creo que vos lo sabías bien.

―Sí, por supuesto; es que yo…

―Sentáte, por favor.

Ricardo deja caer el peso de su cuerpo sobre el asiento con un movimiento mecánico, al mismo tiempo que apoya las flores sobre la mesa y el portafolio en el piso. Por instinto toma el menú y se pone a ojearlo. Elena no le saca la vista de encima y busca su mirada.

―Ah sí, son para vos las flores.

Ricardo se toca la frente y se da cuenta que está empapado en sudor. Elena, toma el ramo de fresias y acomoda algunas que están machucadas.

―¿Pediste algo, Elena?

―Voy por el segundo café, porque no sé si te acordás que te dije a las nueve.

Ricardo por fin alza la mirada; tiene un tic nervioso que le hace parpadear el ojo izquierdo, pero lo oculta con el pañuelo mientras se seca la transpiración.

―No fue fácil venir, Elena, perdoname.

―¿Qué excusa vas a poner, Ricardo? ¿Cómo querés que funcione esto así? A ver, por favor, de una vez por todas, decime qué es eso tan urgente que tenés para decirme.

Los ojos de Ricardo se ponen brillantes, con mal pulso enciende un cigarrillo, otra vez trata de esquivar la mirada de Elena, da dos o tres pitadas en silencio y luego la mira fijo. Elena se intimida un poco, ahora es ella quien intenta mantener la mirada.

―¿Qué pasa Ricardo?

―Tengo una mala noticia.

―Por favor no me asustes, ¿qué pasó?

―Elena, los milicos se llevaron a Mario esta mañana. Ayer reventaron la casa de los Casco. No se sabe nada de los chicos…

―¿Mario? No puede ser, hablé con él ayer antes de irme.

―Me voy del pais, Negra; esto no da para más.


“Dos en un bar”, por Sebastián Colotto se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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