Mariel y yo en un segmento de tiempo incierto (Yo y no-yo)


Esto está sucediendo ahora mismo:

Mariel está a la puerta de su refugio, una cueva escondida donde muchos como ella resisten a un grupo de tinieblas que dominan la Tierra. Las oscuras fuerzas se están inquietando, quieren hacerla desaparecer mediante el arte de la persuasión, ya que tienen el poder de convencer a las personas de que la existencia no es nada; que no existe ni algo ni nada. Quieren convertir a Mariel en una inexistencia. En esta era sólo sobreviven los que consiguen guardar la fe exiliados donde las tinieblas no pueden llegar, pero condenados a vivir ahí por siempre.

Mariel sale y un viento la envuelve, la llena de miedo, pero dice en su interior:

–¿Qué pueden hacerme si yo ya sé que existo?

Pero basta una palabra de la sombra para que desaparezca a la vista impotente de los demás, quienes resignados siguen con sus labores dentro de la cueva.

Mariel traspasa la sombra, resiste y sigue más allá, hacia el mundo donde los pensamientos humanos no suelen llegar. La veo avanzar ahora; se encuentra en la esencia de todas las cosas, en la existencia misma. Ahí estoy yo con ella mientras la veo, mientras estoy narrando este momento. Una lucha cósmica se desata en torno a Mariel: las sombras y la luz tironean de ella como si no fuera más que un trapo vacío de cuerpo.

Ella mira. Algo mira, o tal vez piensa que mira, no lo sé, nadie lo sabe porque nadie piensa lo que Mariel está pensando; si es que estuviera pensando. Ahora está en el fuego, en la luz viva del horizonte. ¡No! ¡Más acá, no digo el horizonte sino más acá! No sé dónde, no lo sé a ciencia cierta, de todas formas no hay tiempo de detenerse en cuestiones tan pequeñas mientras ella lucha y los demás están en sus quehaceres ya no pensando en ella ni en mí que estoy narrando esto ya no se para quién.

–¿Qué estoy narrando? –¡no lo sé, basta!

Mariel se siente sola un momento y le parece bueno ese momento para guardar silencio, aunque su cabeza nunca calló, o siempre nunca, no lo sé.

–¿Dónde está la luz?

Luego la luz se abalanza sobre ella. Contemplo su épica odisea, pero necesito acercarme más. Caigo. Entonces ya nada es igual, mejor dicho: todo es diferente. No hay luz ni colores, ni sentidos siquiera para percibir algo.

–¿Algo?

No hay palabras ni frases. No hay letra, ni muerte, no hay… todo no hay, nada sí.

–¿Qué escuchas Mariel, en este tumulto de silencio, en la sordidez del pensamiento cuando se apaga?

–Escucho que respiro –dice ella, o tal vez lo imagino, no lo sé, pero basta, eso no es relevante.

–Pero también escuchás mi voz, sino ¿por qué me respondiste Mariel?…

Ya no hay respuestas. Mis gritos se ahogan en mis fuerzas que se debilitan:

–¡Mariel, Mariel!…

Se aleja demasiado. Creo que ella está de pie, inmensa como una estatua de mármol que me mira desde lo alto llena de luz.

–¿Qué es esto? –pienso– ¿qué es esto, pienso?

Ya su rostro me resulta desconocido. No puedo recordar bien su nombre. Quiero nombrarla. Por más que luche no lo logro. Entonces Mabel, o no sé quién sigue alejándose, se mete en el mar, creo. Todo empieza a borronearse. Me mareo hasta el punto de quedar ciego y el silencio que percibía se me convierte en el simple zumbido del vacío.

–Que esto no me sea quitado, pues es este zumbido lo único que me queda para saber que yo existo.

No sé cuántas veces pasé a mis adentros, ni cuantos adentros pasé o me pasaron, lo que importa es que en mi viaje ahora estoy abriendo los ojos. Tengo en la boca el sabor amargo de estar fuera de la realidad. Maribel, o no sé qué, me pregunta en una voz indescifrable, en una lengua desconocida. No sé qué me está preguntando, pero más adentro escucho:

–Sí sabés lo que dije.

–Sí lo sé, ahora soy yo el que debe pelear por existir.

Estoy cansado. Pero me aferro a las cosas ciertas: el zumbido, ella, y no sé qué más… ah sí: yo, yo que existo.

Siento que todo me será arrebatado.

(…) [Segmento de tiempo incierto]

–Siento.

Un dedo siento; pero no es mío el dedo. Entonces ese dedo nos hizo a los dos, al quién le pertenezca el dedo que me tocó y a mí que soy lo que el dedo tocó. Pero el del dedo debe haber preexistido, sino cómo sabía que podía tocarme antes de que yo tuviera conciencia de mí; tuvo que haber tenido conciencia de sí antes de tocarme a mí que no tenía conciencia de mí sino hasta que me tocó. Ya sé que el del dedo que me tocó no soy yo, pero comprendo que me hizo tener conciencia de mí al tocarme. En un sólo instante tengo conciencia de los dos, sólo porque me tocó. Pero más allá de eso, me parece bien que pueda estar explicando esto, porque eso también quiere decir que existo. Sí, soy una existencia. No estoy sólo, parece que acá al menos somos dos, o mejor dicho: yo y no-yo. Creo que no-yo es todo menos yo. Porque todo no soy yo, menos yo. Quien me tocó sin duda debe ser parte de no-yo, o como yo, debe ser un yo independiente de no-yo.

Abro los ojos. Ya que yo soy alguien me parece bueno abrir los ojos, pero no recuerdo qué es lo que estaba buscando. De todos modos no importa tanto. Efectivamente no estoy sólo; veo su rostro, el más bello que jamás he visto.

–¿Quién sos?

–Mariel ¿Con quién estabas hablando?

–¿Yo estaba hablando? ¿Dónde estamos?

–A la entrada del refugio. Fuiste a buscarme cuando salí de la cueva y las sombras empezaron a acosarte ¡Sobreviviste!

–Sí, algo recuerdo; algo sé: estamos acá, a la entrada del refugio. Sí, es cierto, esto está sucediendo ahora mismo ¿Acaso no estoy narrando esta historia?


“Mariel y yo en un segmento de tiempo incierto (Yo y no-yo)”, por Sebastián Colotto se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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