Tercera opción

          –¡Señor, señor!
          Un hombre que caminaba solitario por la calle oyó la voz y no pudo evitar sentirse aludido.
          –¿A mí?
          –¡Si, a usted, por favor venga!
          El Hombre-Solitario buscó con su mirada si había alguien más, pero él era el único que se encontraba en aquella inmensa llanura, dividida por un camino extenso y angosto. El otro lo llamaba desde una especie de caseta, parecida a una cabina telefónica a un lado de la calle, tenía aspecto de vagabundo y el tono de su voz demostraba algún tipo de problema que requería ayuda urgente. Entonces el Hombre-Solitario, que no perdía oportunidad de ser amable, cruzó apurando el paso para asistir al Vagabundo.
          El Solitario notó que el Vagabundo estaba sosteniendo una palanca, como si fuera una especie de switch, adherida a la pared de la cabina. El Vagabundo apoyó su brazo libre en el hombro de su interlocutor, y al instante tomó su mano y la llevó hacia el switch diciéndole que lo sostuviera un momento y no la dejara caer por nada. El Solitario accedió por instinto, pensó que a lo mejor aquél hombre estaría haciendo un trabajo y necesitaba descansar un poco el brazo.
          El Vagabundo, después de descansar un momento, sin levantar la mirada, habló como para sí:
          –Señor, discúlpeme no era mi intención, pero no me quedaba otra alternativa, es que por este camino nunca pasa nadie. –hizo una pausa, miró alrededor y, mientras la cara del Solitario comenzaba a demostrar desconcierto, levantó la mirada y habló con firmeza– No sabe el tiempo que hace que estoy sosteniendo esa palanca. Perdí la cuenta de los meses que han pasado. De verdad lo siento mucho.
          –Pero señor, ¿de qué se trata esto? Por favor explíqueme qué le pasó ¿por qué no podía soltar ésta palanca?
          –En verdad lo siento por usted, no quise engañarlo.
          –No entiendo.
          –Déjeme decirle algo: gracias por acudir, pero tengo que hacerle una recomendación antes de irme: no suelte la palanca por nada del mundo, no deje que se baje, porque de ser así usted morirá. 
          El Hombre-Solitario comprobó que si soltaba la palanca caería por su propio peso, y mientras gritaba pidiendo una explicación, el Vagabundo se alejaba sin mirar atrás, cabizbajo y con cierta tristeza. El Solitario trató de no perder la calma y buscar una solución racional, pero al paso del tiempo casi no podía evitar desesperarse.
          Al día siguiente, entre lágrimas de angustia y desconsuelo, distinguió que un hombre se aproximaba. Lo llamó intensamente rogándole que lo ayudara, le explicó su situación a los gritos diciéndole cómo lo habían engañado. Pero el Hombre-que-Pasaba simplemente frenó para mirar de qué se trataba y siguió su marcha como si nada.
          El Solitario planeó que la próxima vez que pasara alguien iba a tratar de hablar con calma para conseguir ayuda. Uno de esos días, por fin alguien más apareció por aquel camino. Se trataba, ni más ni menos que de su madre:
          –¡Mami, mamita! –estalló en llantos– Ayudame, mamita, mirá lo que me pasó.
           La madre lo miró con ternura, le limpió las lágrimas acariciándole el rostro buscando consolar su alma:
          –¿Qué, pasa hijito?
          –Mami, mamita… Cómo te quiero… Ayudame… Cómo te quiero mamita.
          –¿Cómo te ayudo hijito?
          –No se mamita –se serenó un poco y sonrió a su madre–, no importa, yo me voy a arreglar, no te preocupes.
          –Pero quiero ayudarte hijo ¿qué estás haciendo? dejame que sostenga esa palanca por vos.
          –No mami, no puedo hacerte esto, andá, seguí tu camino…
          Al poco tiempo, el Hombre-Solitario, indignado llegó a una conclusión: le daría la palanca al primero que pasara, pues estaba seguro que cualquier persona merecería estar ahí en lugar de él. No fue fácil tomar esa decisión ya que tenía un alto concepto de la moral, pero sintió que no le quedaba otra alternativa. Se prometió una y otra vez que sea quien fuera el próximo en pasar lo engañaría del mismo modo que lo habían engañado a él.
          Esperó con paciencia hasta que al fin alguien pasó. Era una mujer, que se le acercó sin prejuicios, y le preguntó cómo estaba tanto tiempo y qué le había pasado. El Hombre-Solitario se dio cuenta que se trataba de su primera novia.
          –Sigue siendo tan bonita –pensó–; y pensar que cuando me abandonó nunca la pude olvidar ¡Qué desalmada fue!
          Se quedó mirándola, contemplando su rostro, mientras reflexionaba que ni siquiera ella se lo merecía. No le contó acerca de su problema, sólo le dijo que se encontraba bien, le deseó suerte y la despidió.
          De ese mismo modo fueron pasando sus amigos, familiares y personas que por alguna circunstancia de la vida se había cruzado alguna vez. Al cabo de unos cuantos meses, su única esperanza se había convertido en engañar a alguien con quien no tuviese ningún tipo de vínculo. Cuando ya no esperaba nada, y su aspecto era similar al del Vagabundo que lo había engañado aquella vez, por fin había pasado un hombre totalmente desconocido. Lo llamó rogando ayuda y el Hombre-Desconocido accedió, cruzó la calle y le preguntó en qué podría ayudarlo. El Hombre-Solitario trataba de no mirarle el rostro por miedo de encontrarle algún rasgo familiar.
          –Por favor sosténgame un poco esta palanca para que pueda descansar el brazo.
          –Señor disculpe, estoy algo apurado –sugirió el Hombre-Desconocido antes de tomar la palanca– es que tengo tres hijos hermosos y una mujer que esperan que les lleve algo de comida para esta noche; sin embargo me gustaría poder ayudarlo de todos modos. Dígame ¿cuánto tiempo va a tardar?
          El Hombre-Solitario alzó la vista sin decir nada, estuvo en silencio unos cuantos segundos. Entonces cuando el Desconocido le reiteró su predisposición para ayudarlo, comenzó a gritarle:
          –¡Váyase, váyase de una vez, es la única forma que tiene de ayudarme, váyase de acá inmediatamente! –El Hombre-Desconocido finalmente se marchó confundido.
Después de su encuentro con el Desconocido, el Hombre-Solitario se dijo al fin:
          –Vivir así, no tiene sentido. Nunca voy a poder engañar a nadie. Es hora de bajar esta palanca y terminar con todo de una vez para siempre.
          –¡No lo haga! –El grito de un joven que se aproximaba al trote lo sorprendió– ¡No lo haga, vine a liberarlo!
          –¿Cómo va a hacerlo? Nadie puede ayudarme.
          –Voy a tomar su lugar.
          –¿Cómo dice? Olvídese, si toma mi lugar va a tener que permanecer acá hasta que muera, a no ser que engañe a alguien, y eso no voy a permitirlo. Acá se termina todo cuando accione la palanca.
          –Déjeme, yo la voy a accionar por usted.
          –¿Usted se entregaría voluntariamente?
          –Si.
          –¡No! Yo ya perdí mi vida acá, usted es joven. Déjeme, voy a accionar la palanca.
          Entonces, cuando el Joven vio que el Hombre-Solitario estaba decidido, lo obligó a soltar la palanca de un empujón y tomó su lugar. Luego el Solitario preguntó entre lágrimas:
          –¿Por qué lo hizo?
          –Para terminar de una vez por todas con este engaño. Usted ya es libre.
          El Joven finalmente bajó la palanca, y pese a la expresión de horror del Hombre-Solitario, nada pasó.

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Licencia Creative Commons
“Tercera opción”, por Sebastián Colotto se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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